Literadura

Un buen libro jamás agota todo su potencial. Su voz sigue susurrandonos desde la pared. Los libros aromatizan y le dan solidez a una habitación. Y un estante de libros es tan grato a la vista como el panorama de una ciudad o el de un rio.Hay en los libros auroras y crepúsculos, tempestades, neblinas y céfiros..

Leer un libro es solo el primer paso de la relación que establecemos con él. Una vez concluída su lectura, el libro principia su verdadera misión: permanece ahí como una insignia, como un chantajista, como un monumento, como una cicatriz. Es una hendedura en la habitación, como grieta en la pared, pero también representa un adorno. El contenido de nuestros estantes forma parte de nuestra historia individual, algo así como el retrato de nuestros antepasados.

(Anatole Broyard)

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Sun Tzu: El Arte de la Guerra (¡Texto Completo!) (Pirateado a [email protected])

Links a Jorge Luis Borges

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Textos Escogidos

Friedrich Nietsche: El Anticristo

"El odio instintivo contra la realidad es consecuencia de una extrema incapacidad de sufrimiento y de irritación, que no quiere ya ser en general tocada, porque de todo contacto recibe una impresión demasiado profunda.

La exclusión instintiva de todo lo que nos repugna, de toda enemistad, de todo límite y distancia en el sentimiento, es consecuencia de una extrema incapacidad de sufrimiento e irritación que uno siente ya como un dolor intolerable (o sea como nocivo, como desaconsejado por el instinto de conservación) toda resistencia, toda necesidad de resistir, y solo conoce la beatitud (el placer) en no oponerse ya a nada, ni al alma ni al bien, y considerar el amor como la única, como la última posibilidad de vida.

Estas son las dos realidades fisiológicas sobre las cuales y de las cuales ha crecido la doctrina de la redención. La llamo un sublime ulterior desarrollo del hedonismo sobre bases completamente morbosas: Contiguo a este, si bien con fuerte adición de vitalidad y fuerza nerviosa griega, está el epicureismo, la doctrina pagana de la redención. Epícuro fué un decadente típico: yo fuí el primero en reconocerlo como tal. El miedo al dolor, hasta de lo que en el dolor hay de infinitamente pequeño, no puede fundar otra cosa que una religión del amor."

Mario Vargas Llosa: La Casa Verde

"La Selvática y Angélica Mercedes acompañan al doctor Zevallos hasta la puerta, besan la mano al Padre García y regresan a la chichería. Tomados del brazo, el Padre García y el doctor Zevallos caminan dentro del terral, bajo un sol animoso, entre piajenos cargados de leña y tinajas, perros lanudos y churres, quemador, quemador, quemador, de voces incisivas e infatigables. El Padre García no se inmuta: arrastra los pies empeñosamente y va con la cabeza colgando sobre el pecho, tosiendo y carraspeando. Al tomar una callecita recta, un poderoso rumor sale a su encuentro y tienen que pegarse a un tabique de cañas para no ser atropellados por la masa de hombres y mujeres que escolta a un viejo taxi. Una bocina raquítica y desentonada cruza el aire todo el tiempo. De las chozas sale gente que se suma al tumulto, y algunas mujeres lanzan ya sus exclamaciones y otras elevan al cielo sus dedos en cruz. Un churre se planta frente a ellos sin mirarlos, los ojos vivaces y atolondrados, se murió el arpista, jala la manga al doctor Zevallos, ahí lo traían en el taxi, con su arpa y todo lo traían, y sale disparado, accionando. Por fin, termina de pasar el gentío. El Padre García y el doctor Zevallos llegan a la Avenida Sánchez Cerro, dando pasitos muy cortos, exhaustos.

-Yo pasaré a buscarlo -dice el doctor Zevallos-. Vendremos juntos al velorio. Trate de dormir unas ocho horas, lo menos.

-Ya sé, ya sé -gruñe el Padre García- .No me esté dando consejos todo el tiempo"

Ernest Hemingway: Muerte en la Tarde

"Si yo hubiese podido conseguir que este libro fuera realmente un libro, habría procurado que lo contuviese todo; el Prado, parecido a un gran college americano, con las mangas regando el cesped a pimera hora de la mañana, en el rutilante verano madrileño; las colinas desnudas, blanquinosas, que miran hacia Carabarchel; los días en el tren, en agosto, con las cortinillas echadas del lado del sol y el viento que las hinche, la paja que se abate sobre las eras de tierra endurecida y que el viento obliga a entrar en el coche, el olor del grano y de los molinos de viento de piedra. Estaría también en ese libro el cambio de paisaje, cuando se deja a la espalda Alsasua y la verde campiña a su alrededor, y estaría Burgos, a lo lejos, en la llanura, y el queso que se come más tarde en la habitación; y estaría el muchacho que subió al tren con las garrafas de vino en cestos de mimbre; era el primer viaje que hacía a Madrid y las abrió con entusiasmo, y nos emborrachamos todos, incluídos los dos guardias civiles y yo perdí los billetes y salimos del andén encuadrados por los dos guardias civiles; que nos hicieron pasar por la taquilla como si fuesemos detenidos, porque no teníamos billetes, y nos saludaron muy cortesmente después de dejarnos en un taxi. Y estaría Hadley, con la oreja de un toro envuelta en un pañuelo, una oreja tiesa y seca que había perdido casi todo el pelo. Y el hombre que cortó la oreja está ahora calvo también, con largos mechones de pelo sobre su calva, aunque netonces era una especie de figurín. Eso es, era un verdadero figurín."

Isak Dinesen: Out of Africa (texto completo de El Zoológico Ambulante)

Hace unos cien años un viajero danés en Hamburgo, el conde Schlimmelmann, se encontró con un pequeño zoológico ambulante y le gustó extraordinariamente. Mientras estuvo en Hamburgo diariamente lo visitaba, aunque le hubiera resultado difícil explicar cual era el atractivo real de las caravanas sucias y desvencijadas. La verdad era que el zoológico respondía a algo que estaba dentro de su mente. Afuera era invierno y hacía mucho frio. En el cobertizo el guardián había encendido la vieja estufa hasta que hubo un rosado esplendor en la sombra amarronada del corredor, junto a las jaulas de los animales, pero las corrientes continuaban y el aire cortante penetraba hasta los huesos.

El conde Schlimmelmann estaba absorto en la contemplación de la hiena cuando el propietario del zoológico ambulante llegó y le habló. El propietario era un pálido hombrecillo de naríz aplastada, que en el pasado había sido estudiante de Teología hasta que tuvo que dejar la Facultad por un escándalo y había ido cayendo, paso a paso, cada vez mas bajo.

-Su excelencia hace muy bien en mirar a las hienas -dijo-. Ha sido una gran cosa traer una hiena hasta Hamburgo, donde nunca había habido antes. Todas la hienas son hermafroditas y en Africa, de donde proceden, en las noches de luna llena se reúnen, se juntan en un círculo y copulan; cada animal toma el doble papel de macho y hembra. ¿Lo sabía usted?.

-No -dijo el conde Schlimmelmann con un ligero movimiento de disgusto.

-¿No cree su excelencia -dijo el empresario- que, a la vista de este hecho, debe ser más duro para la hiena que para otros animales estar encerada en una jaula? ¿Sentirá un doble deseo o estará, porque se reunen en ella las complementarias cualidades de la creación, satizfecha y en armonía? En otras palabras, ya que todos somos prisioneros en la vida ¿somos más felices o más desgraciados cuanto más talento poseemos?

-Es curioso -dijo el conde Schlimmelmann, que estaba absorto en sus propios pensamientos y no prestaba atención al empresario- comprobar que tantos cientos, hasta miles de hienas han vivido y han muerto para que podamos, finalmente, traer aquí a este espécimen, para que el pueblo de Hamburgo pueda saber lo que es una hiena y que los narturalistas puedan estudiarla.

Avanzaron para mirar las jirafas de la jaula vecina.

-Los animales salvajes -continuó el conde- que corren por las tierras salvajes no existen realmente. Este existe, le hemos dado un nombre, sabemos cómo es. Los otros pueden no haber existido; sin embargo, son la inmensa mayoría. La naturaleza es extravagante.

El empresario se echó hacia atrás su gorro forrado de piel, debajo del cual no había ya ni un cabello.

-Se ven mutuamente -dijo.

-Hasta eso se puede discutir -dijo el conde Schlimmelmann después de una corta pausa-. Esas jirafas, por ejemplo, tienen manchas cuadradas en la piel. Las jirafas mirándose entre sí, no saben lo que es un cuadrado y en consecuencia no lo ven. ¿Se puede decir de ellas que se ven unas a otras?

El empresario miró un momento a la jirafa, y luego dijp: -Dios las ve.

El conde Schlimmelmann sonrió.

-¿A las jirafas? -preguntó

-Oh, sí, excelencia -dijo el empresario- .Dios las ve y le gusta lo que hacen. Las ha hecho para complacerse. Está en la Biblia, excelencia -dijo el empresario- .Dios ama a las jirafas que ha creado. Dios ha inventado el cuadrado al igual que el círculo. El ha visto los cuadrados de su piel y todo lo demás que les concierne. Los animales salvajes, excelencia, son quizá una prueba de la existencia de Dios. Pero cuando vienen a Hamburgo -concluyó poniendose el gorro -el argumento se pone más problemático.

El conde Schlimmelmann, que había ordenado su vida según las ideas de otras personas, caminó en silencio para mirar las serpientes, que estaban junto a la estufa. El empresario, para divertirle, abrió la jaula donde estaban encerradas e intentó despertar a la serpiente que había dentro; por fin el reptil, lenta y soñolientamente, se enroscó en su brazo. El conde Schlimmelmann miró al grupo.

-Desde luego, mi buen Kannegieter -dijo con una risita desabrida-, si estuviera usted a mi servicio, o si yo fuera rey y usted ministro mío, lo cesaría en el acto.

El empresario lo miró nervioso.

-¿Por que, señor? -dijo y deslizó la serpiente en la jaula-. ¿Por qué, señor? Si es que puedo preguntarlo -añadió al cabo de un momento.

-Ah, Kannegieter, no es usted un hombre tan sencillo como pretende -dijo el conde-. ¿Por qué? Porque, amigo mio, la aversión hacia las serpientes es un profundo instinto humano, la gente que lo tiene se ha conservado viva. La serpiente es la más peligrosa entre los enemigos del hombre, ¿pero quien, salvo nuestro propio instinto de lo bueno y de lo malo puede decirnoslo? Las garras de los leones, el tamaño y los colmillos de los elefantes, los cuernos del búfalo saltan a la vista. Pero las serpientes son hermosos animales. Las serpientes son redondas y lisas, como las cosas que nos gustan en la vida, de exquisitos colores suaves, graciosas en sus movimientos. Solo para el hombre bueno esa belleza y esa gracia resultan repugnantes, huelen a perdición y le recuerdan la caída del hombre. Algo en su interior le hace apartarse de la serpiente como del diablo, y a eso se llama la voz de la conciencia. El hombre que acaricia a una serpiente lo puede hacer todo -el conde Schlimmelmann se rió un poco de sus propios pensamientos, se abotonó su rico gabán y se volvió para salir del cobertizo.

El empresario se quedó un momento sumido en profundos pensamientos.

-Su excelencia -dijo finalmente-, necesitáis amar a las serpientes. No hay vueltas que darle. Según mi experiencia en la vida os lo puedo decir y, por supuesto, es el mejor consejo que puedo daros; Amad a las serpientes. Tenedlo en cuenta excelencia, que casi cada vez que le pedimos al Señor un pescado nos da una serpiente."

Franz Kafka: El Proceso (fragmento)

- Te engañas en lo que se refiere a la justicia -le explicó el sacerdote-. Hay una parábola que alude a alguien que se engañó con la ley: "Había un centinela haciendo guardia ante la ley. Un buen dia llegó un hombre y le rogó que le dejase entrar. El centinela le dijo que no podia permitírsele pasar en ese momento. El hombre creyó entender que era posible que lo dejase más tarde, y así se lo preguntó. "Es posible -le replicó el centinela, pero en este momento no". El centinela se separó unos pasos y volvió a situarse junto a la entradfa, que permanecía abierta. Entonces el hombre aprovechó de meter su cabeza y mirar hacia adentro. El centinela que observó lo que hacía, se sonrió y le dijo: "Si estás tan ansioso por entrar, puedes hacerlo, aunque está prohibido; pero considera que soy poderoso, y sin embargo soy el más insignificante de los centinelas. En cada estancia que atravieses, tropezarás con centinelas que van teniendo más poder; a partír de la tercera, ni yo mismo puedo resistir su mirada. El hombre no creía que la ley pudiese establecer tantas dificultades, que debería estar abierta a todos aquellos que pudieran necesitarla. Pero a medida que miraba al centinela con más atención, enfundado en un largo abrigo de piel, con su larga nariz y su no menos larga barba, cortada a lo turco, optó por esperar hasta que le permitiera entrar. El centinela le cedió un banquillo y le hizo sentarse al lado de la puerta. Lleva allí ya muchos años. Muchas veces, innumerables, ha pretendido entrar y para ello ruega incansablemente al centinela. Este en ocasiones le tortura sometiéndole a largos interrogatorios, le hace preguntas sobre su país; como son allí las costumbres, como viven los grandes señores..., pero siempre le da la misma respuesta negatriva, diciéndole que no puede entrar. El hombre, que previendo que su viaje podía ser muy largo, llevó consigo toda clase de provisiones, no escatima en obsequir al centinela con todo lo mejor que tiene. Este acepta todo sin titubear, pero le manifiesta: "Acepto todo lo que me das para que no te turbes suponiendo que el no obsequiarme de una manera adecuada sea la causa de que no acceda a dejarte entrar." Durante largos años de espera no cesa de observarle y no presta ninguna atención a los otros centinelas, pues cree fírmemente que éste es el causante de su infortunio. Los primeros años se quejaba amargamente de su suerte, y a medida que pasa el tiempo, va envejeciendo y se reduce a gruñir amargamente sin moverse de su rincón. Retorna a la infancia, y al estar tantos años allí conoce ya una por una las pulgas que habitan en el cuello de piel del centinela. Apela hjasta a ellas para que lo convenzan de que lo dejen pasar. Es ya muy anciano y sus ojos no perciben ya si es de noche o si es de día. No ven más que tinieblas. Pero repentinamente ve brillar una luz que se cuela por entre las puertas de la ley. Su vida está a punto de extinguirse. Sintiéndose morir, se agolpan en su memoria toda clase de recuerdos de su existencia pasda. Destacándose entre todos, surge una pregunta que nunca antes se había hecho. Ya no puede ponerse en pie. Le suplica al centinela que se le aproxime. Este accede, pero tiene que agacharse mucho, ya que la edad ha disminuído la estatura del hombrre y ahora se diferencian mucho. "¿Qué es lo que quieres saber? -le preguntas le centinela -. En el estado en que te encuentras ¿todavía te importa algo?" Entonces el hombre le replica, y son sus últimas palabras. "Todos los hombres quieren acceder a la ley. ¿Qué explicación tiene entonces que ne tantos años que estoy aquí no ha habido nadie más que yo que haya querido entrar?" El centinela se ha dado cuenta que aquel hombre está muriéndose ya. Entonces, para hacerse oir en sus débiles oídos, se inclina ma´s sobre él, y acercándose a su oído, le grita: "eras tú el único que podía entrar aquí, pues esta puerta estaba destinada solo para ti. Ya no soy necesario. Ahora me iré y la cierro."

Franz Kafka: El Castillo (parte final)

Era un cuarto pequeño excesivamente caldeado. Junto a las paredes mas cortas, había un pupiter para escribir de pie, y una caja de hierro; en las más largas un armario y una otomana. El mayor espacio requería el armario, no solo porque ocupaba toda la pared longitudinal; también su profundidad estrechaba muchísimo el cuarto, y para abrirlo del todo era menester servirse de tres puertas corredizas. La mesonera indicó a K. que se sentara en la otomana, y ella a su vez se sentó sobre la silla giratoria junto al pupitre. "¿No has aprendido alguna vez la satrería?", preguntó la mesonera. "No, nunca", dijo K. "¿Y qué eres, en verdad?" "Agrimensor" "¿Que es eso?:" K se lo explicó; la explicación la hizo bostezar. "No dices la verdad, ¿Por qué, pues, no dices la verdad?" "Tampoco tu la dices" "¿Yo? ¿Es que ya de nuevo empiezas con tus insolencias? Y aunque yo no la dijese, ¿tengo acaso que darte cuenta a ti? ¿Y respecto a qué no digo la verdad?" "Tu nó solamente eres mesonera, tal como pretendes." "¡Mira un poco! ¿Pues no terminas con los descubrimientos! ¿Y qué otra cosa soy, entonces? Verdad es que tus insolencias ya se pasan de toda medida." "Yo no sé que otra cosa eres. Solo veo que eres mesonera, y que, además, llevas vestidos que no le cuadran a una mesonera; vestidos como, por otra parte no los lleva tampoco nadie en esta aldea, que yo sepa." "Al fin llegamos pues, al nudo del asunto. Es que tú ni puedes callártelo; acaso ni siquiera seas insolente. Eres tan solo como un niño que sabe alguna tontería, y al que nada en el mundo podría inducir a callarla. ¡Habla pues! ¿Qué tienen de particular estos vestidos?" "Vas a enfadarte si te lo digo" "No, solo voy a reirme, puesto que no será más que cháchara infantil ¿Como son, pues, estos vestidos?" "Quieres saberlo, entonces. Bien: son vestidos hechos de buen material, bastante valiosos, pero recargados, anticuados, a menudo desgastados y ajados por el trabajo, y no cuadran ni a tus años, ni a tru figura, ni a tu posición. Esto me llamó la atención ya la primera vez cuando te vi, hace de ello m´ñas o menos una semana, aquí en el zaguan" "¡Aquí lo tenemos pues! Son anticuados, recargados ¿y qué más? ¿Y como pretendes saber tú de todo esto?" "Lo estoy viendo, ningúna instrucción hace falta para ello." "Así, sin más nio más, lo estás viendo. No tienes que preguntárselo a nadie, y ya sabes lo que exige la moda. Pero ¡si en tal caso llegarás a serme indispensable!, pues, realmente, cierta debilidad tengo por los vestidos lindos. ¿Y qué dirás ahora viendo que este armario está lleno de vestidos?." Empujó a un lado las puertas corredizas, y aparecieron los vestidos apretados uno contra otro, densamente, a todo lo ancho y hondo del armario; tratábase en su mayoría de vestidos oscuros, grises, pardos, negros, todos cuidadosamente colgados y extendidos "He aquí mis vestidos, todos ellos anticuados y recargados, como dices. Pero estos son solamente vestidos para los que no tengositio arriba, en mi cuarto: allí tengo dos armarios más; dos armarios cada uno de ellos casi tan grande como éste. ¿Te asombra?" "No he esperado algo parecido; ya lo dije yo, que no solamente eres mesonera; tu tienes otros objetivos." "Mi único objetivo es vestirme lindamente, y tu, o eres un necio o un niño o un hombre muy malo y peligroso. ¡Vete, ahora vete pues!" Ya estaba K. en el zaguán, y de nuevo lo sujetaba Gerstacker de la manga, cuando la mesonera exclamó a sus espaldas: "Mañana me traerán un nuevo vestido, tal vez te mande a llamar."

Dylan Thomas: Un sábado caluroso (Fragmento de Retrato de un Artista Cachorro)

Al pasar junto al reloj floral, en el Jardin de la Reina Victoria, gruñó.

-¿Qué puede hacer ahora un imbecil? -dijo en voz alta, haciendo que una mujer joven que estaba sentada en un banco frente al mingitorio de mayólica blanca se sonriera, bajando su novela.

Tenía el cabello castaño peinado en alto, a la moda antigua, bucles sueltos y un rodete, y de allí salía una blanca rosa Woolworth que se doblaba hacia abajo, tocándole la oreja. Llevaba un vestido blanco con una flor de papel rojo pinchada en su pecho y anillos y brazaletes que provenían de algún kiosco de feria. Los ojos eran pequeños y muy verdes.

El muchacho anotó, cuidadosa y friamente en una sola mirada, todos los raros detalles de su aspecto. Ern la certeza tranquila, impávida, de su apostura ante su mirada escrutadora; la seguridad de su sonrisa y la actitud de su cabeza; esa suavidad, esa extraña rareza que la defendía de todo mal encuentro, de toda mirada invitante,lo que le hizo temblar los dedos. Aunque su vestido era largo y el cuello alto, lo mismo podía estar desnuda allí, en la playa, su sonrisa confesaba que su cuerpo estaba desnudo, inmaculado, deseoso, tibio bajo la tela, y que ella esperaba, inocente.

"Que hermosa es -pensó, puesta su mente en las palabras y los ojos en su cabello y en su piel blanca y roja-, qué hermosamente me espera, aunque no sabe que me espera, y jamás podré decirselo."

Se había detenido y la miraba fijamente. Como una niña confiada ante una cámara, así estaba ella sentada y sonriente con las manos entrelazadas, la cabeza ligeramente inclinada, de modo que la rosa le tocaba el cuello. Aceptaba su admiración. Aquella muchacha, de entre un millón, se apoderaba de su larga mirada y acariciaba su amor estúpido.

Le entraron mosquitos en la boca.Y siguió su marcha rápida, vergonzosamente. A las puertas del jardín se volvió para verla por última vez. Su brusca y torpe partida le había hecho perder la calma, y ella lo miraba fijamente, confusa. Había alzado una mano, como para pedirle que volviera. El volvía la esquina y oyó la voz de ella- llamándole por su nombre -cien nombres que eran su nombre-, por encima de las paredes cubiertas de plantas

¿Y qué podía hacer un imbecil aterrorizado y loco de amor?, preguntó silenciosamente a su propia figura reflejada en el espejo deformante del salón Victoria, que estaba vacío. Su cara simiesca,flaccida, con la palabra cerveza escrita sobre la frente, le devolvió una rota mueca de desdén.

Luigi Bertolini: El ladrón de bicicletas (final)

"No se trata más, en la vida, que de recuperar lo perdido. Se puede encontrar una o dos veces, como yo logré encontrar mi bicicleta. Pero vendrá la tercera vez y no encontraré nada: Así es la vida. Es una carrera hacia atrás, para perder o morir al final. ¡Una carrera hacia atrás desde la infancia!. Se sale del claustro materno y se llora el cómodo lecho perdido; el lactante tiene los ojos cerrados y busca, tienta, con su naricilla color pétalo de rosa, en el seno de su madre, la fuente de la vida, y más tarde, cuando empieza a andar, busca la mano del padre para que dirija sus primeros pasos. Se buscan demasiadas cosas antes de morir. Y yo buscaré un rostro amigo y encontraré únicamente el de Luciana, si lo encuentro, que sería para mis últimos sufrimientos ocmo morir con el sol ante mis ojos."

Jorge Luis Borges: Límites

De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cual) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a Quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libro que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.

Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son los que me han querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges ya me dejan.
                          J.L. Borges

Putasparío Contra el General Pinochet

Nota: no me entusiasma incluir politica en la página, menos ideas que son lo contrario de las mias (yo soy MUY Pinochetista), pero una amigo me pidio que lo incluyera acá y a un amigo no se le dice que no. Aqui va:

Un saludo glorioso y solidario a todos los reclaman
democracia, justicia y libertad en chile y que hoy
miran con ansiedad y deseo el día del viaje a España
por el que ustedes saben.

Y que el susodicho y sus admiradores se vayan
acostumbrabdo a la idea de que en España se le enjuiciará
por TODOS sus crímenes y NO sólo por aquellos que dieron
lugar a su extradición -que incluye los casos de los
desaparecidos-.

¿Cuánto más dinero y tiempo le dedicará chile a la
salvación del tirano?

Una vez pasada le euforia y pánico iniciales, ya veremos
como poco-a-poco chile se irá olvidando del animalejo y
los chilenos comienzarán a re-escribir nuestra historia
sin miedo y con verdad.

Los que reclaman al chancho se le acusa sin pruebas,
respetuosamente les sugiero que por un tiempo guarden
silencio, pongan atención y aprendan que en la búsqueda
de la verdad, en el mundo libre, la evidencia y las pruebas
son definidas en pro de obtener justicia, precísamente para
evitar que el secreto de sus órdenes les proteja.

La justicia europea y norteamericana no tendrá absolutamente
ninguna dificultad en determinar que la gran bestia es
reponsable por todos los crímenes cometidos directamente por
él y por sus subalternos, con o sin su óredenes o conocimiento.
Ésto se hace sencillamente por un principio del que tanto se
vanaglorian los miliquines chilensis; la verticalidad del mando.
Sumado a esto está la propaganda de los propios soldadines que
vociferan que la integridad ética y profesional de su contingente
es intachable. O sea que si estos soldaditos son tan éticos y
profesionales, no cabe duda de que cuando torturaron y mataron,
lo hacían obedeciendo órdenes, de las que en última instancia,
es responsable el jefacho de las ffaa. -ojo amigo frei--

Otra sugerencia - ahora en referencia al encabezamiento de este
artículo- es para don T. Bradanovic, al quien le solicito incluya
en su página web, en su sección Literadura, un parte dedicada al
tipo de residencia que le espera a su defendido, porque en las
celdas de España las camas no son muy blanditas que digamos.


Y como dice Jesseagl,
so, -------- AHORA PIN8 ES CARGA --------